Este 2 de julio se realizarán las elecciones primarias del Frente Amplio y Chile Vamos. Un evento, si bien no masivo, sí relevante para el curso y canalización de los discursos políticos. La franja de propaganda televisiva es vista cada noche por casi 800 mil personas, en tanto, si colocamos a las primarias del 2013 como base de comparación, un grupo de casi tres millones de personas podría interesarse y votar ese primer domingo de julio. No es mucho al considerar un padrón electoral de más de catorce millones, pero es sin duda una interesante antesala de las elecciones de noviembre.

La celebración de estas primarias tiene una característica especial, que es la ausencia de la Nueva Mayoría o ex Concertación. El bloque que gobernó Chile desde el fin de la dictadura, con la excepción de los cuatro años de Sebastián Piñera, no sólo se ha restado de las primarias, sino participará con candidatos separados en la primera vuelta presidencial de noviembre. Lejos de comprenderse como una competición entre el bloque (algo como  primarias tardías) en noviembre, Alejandro Guillier (apoyado por el PS, PR, PPD y PC) ingresará a la arena política a disputar espacios contra la DC del mismo modo como lo harán los candidatos de otras coaliciones surgidos de las primarias del 2 de julio. El espíritu de colaboración que puede tener una primaria es reemplazado por una abierta pugna entre adversarios políticos.

Al optar por el camino propio, la Democracia Cristiana no expresa solamente la voluntad de recuperar su inspiración política o hacer una reflexión sobre su lugar en el mundo. Más de fondo, al presentar a su propia candidata a las elecciones de noviembre, lo que hace es clavar una estaca y levantar un muro de contención contra las fuertes y evidentes transformaciones al escenario político y social que se ha instalado en Chile. La incomodidad demostrada desde el 2014 al formar parte de la coalición de gobierno que apoyó el (frustrado) programa de cambios de la Nueva Mayoría se convierte a partir de ahora en una tarea imposible de apoyar.

El freno ante la historia transparenta a Democracia Cristiana chilena como lo que siempre ha sido. Un partido instrumental, un tapón funcional a las oligarquías para impedir el flujo de los cambios sociales y la emergencia de ideas inclusivas e integradoras. La masividad y éxitos electorales de la Democracia Cristiana durante los años sesenta del siglo pasado  se apoyó no sólo en recursos internacionales y de la CIA incluídos, sino en un abierto y evidente plan de contención de las fuerzas de izquierdas en Chile, fuertemente influenciadas por la Revolución Cubana.

La integración de la DC en el pacto de la Concertación tras la dictadura es parte de un mismo guión elaborado también fuera de nuestras fronteras. Es el repliegue de las izquierdas, el vuelco de las socialdemocracias y su fusión con los intereses de las elites. El proceso de la transición o postdictadura es el efecto global de aquellas fantasías del fin de la historia de Fukuyama o el Nuevo Orden de Bush padre. Es la tercera vía de los Blair, de Felipe González, Cardoso o Ricardo Lagos. Es el capitalismo a ultranza travestido de única vía (recordemos el TINA, There is no Alternative, de Margaret Thatcher), es el neoliberalismo es su versión más extrema y bestial. En este escenario de socialismos desteñidos, hasta la Democracia Cristiana parecía un partido con visiones progresistas.

Los desvíos de la historia tienen hoy nuevamente como protagonistas a las personas y sus organizaciones sociales. Un cambio de rumbo provocado por las propias contradicciones inherentes al gran capital, con efectos dramáticos sobre los recursos naturales, el trabajo, los ciudadanos y el medio ambiente, pero también, y no menos, sobre el deterioro de las instituciones a través de una profunda corrupción entre lo público y lo privado.

La postdictadura, o la inacabada transición, ha terminado estrellada contra la historia social, contra otros proceso ajenos a sus intereses y proyecciones. En este trance, no sólo la DC se hunde sino todo el aparato de las socialdemocracias. Un descalabro en pleno desarrollo que no distará mucho de fenómenos ocurridos en otras latitudes, como recientemente en Francia, Brasil, Argentina o Estados Unidos. El capitalismo enmascarado en aquellas versiones suaves y amistosas de las socialdemocracias y los liberalismos ha terminado junto a la emergencia pública de las evidencias del financiamiento ilegal del política y la compra por parte de corporaciones de altos funcionarios.

La ausencia en las primarias de los partidos que conformaron la Nueva Mayoría es simbólica y es también un efecto directo de este proceso de hundimiento de las falsas socialdemocracias y afines. En la escena son otras las fuerzas que volverán a disputarse el poder. Además del gran capital y sus intereses aledaños, representados por Chile Vamos y la ultraderecha, ha emergido, como una consecuencia directa del repudio al modelo de mercado, demandas articuladas a través de organizaciones de la sociedad civil y hoy canalizadas a través de nuevos referentes políticos. La emergencia de estos referentes no es ni una anécdota ni una curiosidad en la política actual. Es una fuerza impulsada por profundos cambios sociales que han aflorado para quedarse.

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