Entre los tesoros más preciados para los pueblos indígenas que ocuparon originariamente nuestros territorios, estaban los cursos de agua, junto a los cuales establecían habi-tualmente sus poblaciones. Para nuestra cultura mestiza, las aguas siguen siendo fuente de salud, belleza, esparcimiento y juegan un rol central en toda nuestra vida. El río Bueno da su nombre a la ciudad y la comuna, enorgullece a quienes aquí ha-bitamos y “enamora” a nuestros visitantes. Sería un crimen imperdonable contaminar su cauce y contribuir por intereses par-ticulares y negligencia colectiva a la destrucción de su ecosistema… ¿Sería o ya está siendo?
No estamos haciendo especulaciones catastrofistas, sino que pura y simplemente hablamos de lo que salta a la vista al acercarse hasta el ex vertedero industrial clandestino de Cachillahue y el actual –y legal- ubicado en el recinto contiguo al ba-sural municipal, camino al sector Victoria, ambos próximos entre sí y distantes poco menos de 10 kilómetros de Río Bueno, por la ruta a Lago Ranco.

“Los perros tomaban ese líquido y morían”

El vertedero industrial de Cachillahue se instaló en 1997, luego que el ciudadano osornino Robinson Henríquez arrendara un terreno, ubicado a unos 250 metros del cauce del río Bueno, a la señora Luisa Catalán viuda de Cossio y comenzara poco después a realizar excavaciones allí. Uno de los vecinos más tenaces en la búsqueda de solución para este conflicto ha sido Fer-nando Asenjo, quien vive muy próximo al recinto donde funcionó el vertedero. Re-cuerda: “Cuando comenzó a trabajar la retroexcavadora me constituí en el lugar y este señor Henríquez me señaló que iba a construir unos pozos para hacer abono orgánico. Nunca dijo el hombre dere-chamente que se trataba de trasladar lodos, riles y desechos industriales. Y em-pezaron a operar suavecito hasta llegar al extremo que estamos hoy, pues”.


Pronto comenzaron a operar camiones hacia el nuevo basural, trasladando desechos in-dustriales y materias fecales extraídas de baños químicos desde Osorno, Valdivia y otras ciudades de la región. Para los moradores de sitios contiguos al vertedero, ubicados a escasos metros de él, el efecto fue inmediato: insoportables olores que el viento trasladaba de uno a otro lugar y producían náuseas y molestias esto-macales a los vecinos. Junto a ello, los pozos –sin un adecuado tratamiento- se fueron llenando, con el consiguiente riesgo para los animales que circulaban por allí y para todo el entorno. Dice Asenjo: “En pleno funcionamiento estaba lleno de suero a cero nivel, sin protección. Incluso los perros andariegos que iban a beber ahí, a los 15 ó 20 metros morían. Había siempre varios cadáveres de perros alrededor”. Largo tiempo de presiones de los pobladores, reuniones a todo nivel, visita de funcionarios de salud ambiental, de la Comisión Regional del Medio Ambiente (COREMA), análisis y evaluaciones de impacto, permitieron finalmente convertir el tema en noticia para los medios de la zona (única forma, al parecer, de que los problemas “existan”) y, con la fuerte presión generada, lograr el cierre del basural industrial por “funcionamiento…en forma ilegal”. Esto ocurrió definitivamente en 2003, precisa don Fernando. Sin embargo, los pozos repletos de fecas y desperdicios industriales (que –según versiones no confirmadas- podrían contener hasta metales pesados) fueron cerrados, pero no sellados ni tratados adecuadamente para evitar que continúen contaminando el entorno. Las fotos que ilustran este texto fueron tomadas hace no más de cuatro días por El Ciudadano en el ex–vertedero y son elocuentes. Basta agregar que constatamos que las excavaciones fueron parcialmente rellenadas con tierra, pero hay grandes “lagunas” de una sustancia verde, viscosa y borboteante, que muy probablemente continúa filtrando hacia las napas subterráneas y de allí hacia el río. El asunto es hoy preocupación también de integrantes locales de la organización ambientalista “Greenpeace”, que están realizando gestiones para determinar la gravedad y buscar una solución a esta situación. Cabe hacer notar que a un par de kilómetros del lugar donde desagua al río un pequeño arroyito que atraviesa el basural, se encuentra la planta elevadora que provee de agua potable a la ciudad. Ante nuestra inquietud, el alcalde riobuenino Waldo Flores restó gravedad al eventual efecto contaminante de los residuos depositados allí, apoyándose en la afirmación del encargado provincial de Salud Ambiental, doctor Joel Arriagada, quien habría señalado que, por la distancia, la contaminación no llegaría hasta el río. Sin embargo, Flores indicó que está “absolutamente de acuerdo” con el reclamo de los vecinos por el compromiso incumplido de Henríquez en orden a sellar los pozos. “Nosotros podríamos hacer la presentación, comunicarnos con este señor para que pudiera contratar un par de horas–máquina y sellar definitivamente, que es el único trámite que falta”. Nos preguntamos: ¿será sólo cosa de “echarle tierrita”?
Pero el de ahora es legal

Llama la atención que ahora el mismo señor Robinson Henríquez -quien aún no termina de sellar y sanear los pozos de Cachillahue ni de cancelar el total de lo adeudado por el arriendo de ese sitio, según señaló a El Ciudadano una hija de la propietaria-, sea quien instaló un nuevo vertedero industrial, esta vez cumpliendo sí las normativas exigidas y con aprobación del municipio riobuenino. “A nosotros como concejo -explica el alcalde Flores-, en su momento nos llegó el proyecto de ingeniería aprobado por la COREMA, luego hicimos una visita al lugar con el concejal Claudio Mansilla y el doctor Cereceda. Nos encontramos con una buena estructura de radier, para el lavado de los camiones, los pozos tapados adecuadamente y con unos tubos especiales que se conectan al camión para trasvasijar los desechos, etc.” Las instalaciones, que efectivamente parecen más seguras y menos próximas a lugares poblados, reciben lodos y residuos sólidos de empresas como ESSAL y otras. Ellas están ubicadas en el camino desde Cachillahue a Victoria, en el sitio contiguo al Basural Municipal. No obstante sus aparentes ventajas, existe una carta -sin firma- de vecinos del sector, dirigida a los medios de comunicación, donde reclaman por el tránsito de “camiones de la empresa DISAL y otras firmas”, que transportan desechos y dejan tirados a su paso “apósitos, jeringas desechables, gasas, pañales, etc.”. Luego los pobladores señalan: “Estas inmundicias son traídas desde distintos lugares, como Temuco, Valdivia, Frutillar, etc. El motivo de esto es…que acá las tierras son más baratas y no existe una mayor regulación…” Ante la crítica, Flores replica que son los vehículos municipales los que suelen perder parte de su carga al trasladar la basura domiciliaria hasta el acopio municipal, cuestión frente a la que –dice- se tomarán las medidas adecuadas. Respecto al negocio de los vertederos, el edil señala que, si estos cumplen con la normativa ambiental exigida, ni él ni el Concejo pueden impedir su instalación, menos aún si el trato se realiza entre particulares.
Otra de las preocupaciones señalada en el texto de los pobladores del camino a Victoria, es la posibilidad de que la infiltración de los desechos se traspase a los cursos de agua que proporcionan el vital elemento a los habitantes del sector, tanto para beber, como para preparar los alimentos, regar las hortalizas, etc. Volvemos al punto que preocupa a nuestro quincenario y a un número creciente de habitantes de la comuna: el nivel de contaminación que producen estas instalaciones, que reciben todo tipo de desechos y, mal o bien tratados, ponen siempre en riesgo el ecosistema en que se establecen. ¿No resulta curioso que las grandes ciudades elijan como botaderos de sus residuos más inmanejables a comunas pequeñas, muy alejadas y donde esperan una mínima oposición de la población a la instalación de basurales industriales? Por otro lado, está también en juego la salud presente y futura de la población. El propio alcalde Flores finaliza afirmándolo tajantemente: “Como negocio entre particulares, yo no me puedo oponer, es parte de la libertad de trabajo. Pero si me preguntan a mí, como riobuenino, ¡No me gusta que vengan a Río Bueno a botar basuras!”

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