democraciaHace casi dos años la planta de celulosa Arauco comenzó sus operaciones. Las comunidades aledañas esperaban ver cumplidas, al fin, las promesas de progreso y trabajo que traería una de las inversiones más grandes del país. Hoy sólo piden que la empresa no contamine y que pavimenten o rieguen el camino, para evitar que los camiones les sigan llenando de polvo las casas y sus vidas.

“Todos estábamos contentos, porque la gente iba tener trabajo”, recuerda Maximino Cofré, campesino del sector de Estación Mariquina, cuando supo que una gran industria se instalaría cerca su comunidad. Él, al igual que su familia, no imaginó los problemas que les significaría convivir con su nuevo vecino: Celco.
Es que nadie les advirtió a los habitantes de los sectores cercanos a la planta, sobre malos olores, contaminación de aguas, ruidos molestos y efectos en la salud. Tampoco supieron que la celulosa al iniciar su puesta en marcha, en febrero del 2004, no contaba con las autorizaciones sanitarias, el pago de patentes y la recepción de obra municipal. La inversión de aproximadamente 1200 millones de dólares parecía que lo tapaba todo.


Testigos del “progreso”

María Arratia vive hace más 30 años en Estación Mariquina. En conversación con El Ciudadano explica que jamás le avisaron, oficialmente, que se instalaba una Celulosa.
“Se empezó a comentar la noticia cuando ya todo estaba consumado”, comenta con tristeza y agrega: “nos dijeron que venía una planta, que iba a ver progreso, que iba a ver trabajo….nos pintaron puras bolitas de dulce”.
Junto a ella está su marido, Carlos Mantuyao. Él señala que “duerme a saltos” debido al ruido del ferrocarril y los carros de carga que trabajan durante la noche. Mantuyao, quien además es dirigente vecinal, siente que la empresa no tiene interés por las personas que viven en los alrededores. “Uno en el fondo llega a pensar que, lisa y llanamente, para esta gente, nosotros no existimos, que no somos seres humanos”, afirma el vecino de Mariquina.
La situación no es muy diferente en Rucaco. El sector, ubicado a 300 metros de la planta, se encuentra rodeado por plantaciones forestales y un modesto camino de piedra atraviesa la localidad. “Aquí era lo normal de un campo. Pasaban dos o tres vehículos al día como máximo”, recuerda Erica Rojas, Presidenta de la junta de vecinos del sector, y agrega que después, cuando comenzó la etapa de construcción de la celulosa, los camiones pasaban en la noche haciendo un ruido que no se aguantaba.
Erica, quien ha vivido en la zona por más de 25 años, señala que antes, en el lugar, se plantaba remolacha y trigo, además se criaban animales para la lechería. Ahora, a causa de las plantaciones, siente temor por la llegada del verano debido al peligro de incendio, ya que su hogar está rodeado por eucaliptos.
“Donde mi padre es lo más problemático, porque en invierno, con los temporales, si cae un árbol le hace tira la casa”, explica la dirigente vecinal.

Al igual que la mayoría de los habitantes cercanos a la planta, Erica tiene un huerto para su consumo. Ella se queja que desde el año pasado los cultivos no han sido buenos. “En este sector no hubo frutas en el año anterior”, cuenta además que ésta comenzó a secarse y fue cubierta por un polvillo blanco.
Similar situación vive Don Maximino de 85 años. Él, junto a su hija Hilda Cofré sienten dolor y rabia; para ellos la celulosa ha sido una “cochinada”. Relatan que las cerezas salieron con un sabor amargo y que gran parte del huerto se arruinó. Pero no ha sido el único problema. Su casa se encuentra a un costado de la calle principal Mariquina, y debido a la gran velocidad con que circulan los camiones varios de sus vidrios han resultado quebrados.
La misma queja tiene la señora Arratia por el camino: “Aquí dejamos de ser felices cuando llegó la planta. Porque aquí no teníamos la calle pavimentada, lógico, pero pasaba un auto una vez a las quinientas, entonces no había polvo, no teníamos barro”, comenta.
A mediados de noviembre del 2004 se les dio una “solución” al polvo. Una empresa vertió aceite quemado al camino. Por esta acción el Servicio de Salud de Valdivia inició un sumario sanitario, ya que la inhalación de esa sustancia resulta tóxica para las personas y puede producir cáncer.

Problema profundo

En Rucaco la planta instaló agua potable. La empresa invirtió más de 50 millones de pesos para llevar acabo las obras. La Municipalidad de San José de la Mariquina aportó con dos millones. Ahora el sector, al igual que Estación Mariquina, cuenta con agua proveniente de pozos profundos.
El vital elemento es obtenido de las capas freáticas (aguas subterráneas) que se encuentran cercanas al río Cruces. La planta, el mes pasado, solicitó a la Corema una autorización para aumentar sus descargas de arsénico a 50 microgramos por litro . Esta sustancia es altamente tóxica, como explica el científico Sandor Mulsow, de la Universidad Austral de Chile (UACH).
En conversación con El Científico, luego de dictar una charla sobre los impactos que provoca el arsénico en el ambiente, el académico señaló que si la empresa bota este elemento al río, podría llegar a infiltrarse a los pozos desde donde la gente saca el agua para su consumo. Afirmó, además, que esta sustancia se deposita en los animales y plantas, quienes absorben el agua contaminada, llegando finalmente al hombre a través de los alimentos como por ejemplo la leche.

Descontentos
Muchos vecinos se han quejado sobre problemas de salud, en especial de asma y tos. A pesar de que los habitantes de Rucaco y Mariquina reconocen que han
Disminuido los olores y el tránsito de camiones, sienten temor por las consecuencias a futuro, “las que aún no se ven”, dicen.

La opinión de la señora Arratia es categórica: “que se vaya (la celulosa), porque no sacamos nada con tener trabajo para un par de años ¿Y quién nos va a pagar la salud el día de mañana? Primero la salud, primero la vida, después lo material”.

Vivir cerca de una Celulosa como Celco, no es fácil. A pesar del trabajo y algún beneficio económico que la planta ha generado, para sus vecinos más próximos la situación sólo ha empeorado. Han perdido la tranquilidad, el aire fresco y la confianza en las autoridades.
Se encuentran tan cerca de la planta que desde afuera no los ven: sólo se habla de cisnes y un santuario. Pareciera que los problemas que sufren estuvieran tapados por la misma planta, como si no existieran. El progreso sólo llegó en números.

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