El ex subsecretario Mahmoud Aleuy sería un mártir de la causa del Estado. Así lo han presentado algunos medios y periodistas que en ellos escriben y peroran. Es el perfil que se le ha construido; el de un hombre de convicciones: “Aleuy es alguien que aguanta todo, que tiene la piel dura y resiste conflictos, insultos, paga los costos, de todo, salvo una cosa (no acepta): que lo desautoricen”. Eso es lo que le habría pasado al subsecretario del Interior del gobierno de la Presidenta Bachelet “en cuanto a la causa mapuche”. Le habrían “sacado el piso” y lo mandaron de vacaciones a Dubaï.

¿Pero cuáles serían las convicciones del ex Subsecretario?

Se dice que 25 años de amistad política con la presidenta se habrían “trizado” porque el Subsecretario del Interior, militante del Partido Socialista (y como sucede con todos los viejos cuadros socialistas) habría sido un “luchador contra la dictadura”, pero que ahora, en su función de servidor del Estado, se le ocurrió servirse de la Ley Antiterrorista contra viento y marea y, además, para dar pruebas de su férrea voluntad de tomar medidas legales y de orden público contra las luchas ancestrales del pueblo mapuche (ningún “hombre Estado” deja que se ponga en riesgo la integridad del territorio, dixit Maquiavelo: mire a Rajoy y al Rey), tomó un vuelo  a Buenos Aires a reunirse con Patricia Bullrich, presto a orquestar, sin ningún sentido crítico ni capacidad de contextualizar el momento histórico, la represión con el gobierno argentino y de Macri en el Wallmapu y a “intercambiar información” acerca de la actividad mapuche en los dos lados de la cordillera.

 

¿Cómo se explica que un político socialista demuestre tanta disposición a aplicar políticas de Estado represivas sabiendo que el Estado además de “monopolizar la violencia legítima” también puede ser un instrumento que facilite la negociación?

 

Lo que no ha quedado tan claro es la banalidad política del subsecretario socialista. Aleuy, como Adolf Eichman, en el caso paradigmático analizado por Hannah Arendt, es un ser “banal”.  Es decir, alguien incapaz de usar su propia consciencia para discernir acerca de lo que implica la obediencia a las leyes del Estado y a sus superiores.

 

Porque cabe insistir en ello: es más que normal que un político de derecha, cavernaria o liberal, utilice la represión estatal con leyes y operativos militares y se reúna con representantes del Estado argentino acusados de impedir las investigaciones acerca de la desaparición de Santiago Maldonado —joven activista de la causa mapuche en el lado argentino— para “intercambiar información”, pero es impropio de un militante de un Partido que se sigue llamando “socialista” ser incapaz de pensar por sí mismo, y que al mismo tiempo —como se ha hecho con Aleuy— lo designen como “leal” con quienes representarían los ideales de Allende.

 

Es con este tipo de falsedades y prácticas que los socialistas chilenos han enlodado no sólo el ideario socialista sino que la figura misma del presidente Allende. Basta con recordar los vergonzosos argumentos de Insulza en el rescate de Pinochet desde la clínica en Inglaterra.

 

Ante tal situación, el Gobierno habría hecho prueba de “realismo político”. Dos ministros demostraron (un DC y un PC) con sus declaraciones que Aleuy había perdido el rumbo y que su capacidad política estaba obnubilada por su fidelidad con los intereses del Estado en su versión autoritaria y de derecha y su “lealtad” mal entendida con la Presidenta. Lo que no quedaba claro es que Aleuy coincidía, tanto en la práctica como en la retórica, con los intereses políticos y económicos de la derecha cavernaria y “liberal”. Ya es corriente ver a políticos socialistas “amados” y adulados por las derechas.

 

Vimos luego como ante la gravedad de la situación el Gobierno de Bachelet desautorizó a Aleuy al dar aquél un giro “pragmático” y optar por la recalificación de la querella del gobierno contra los comuneros mapuche en huelga de hambre y en prisión “preventiva” por el caso de quema de iglesias.

 

No es necesario haber leído a Maquiavelo para saber que la Presidenta había apoyado a su subsecretario Aleuy en un comienzo y que ella había aceptado sus consejos para luego sacrificarlo en el altar de la sensatez y quedar bien con el país y parada justo en las Naciones Unidas. Cuando el discurso político habla de “vacaciones” de un político, desde Orwell sabemos que se está diciendo otra cosa. Para los ciudadanos que observan y meditan un poco, aquello significa que en política manda la mentira calculada. Y que muchos medios y sus periodistas la transmiten, amplifican y no pocas veces la justifican. Y esto ocurre incluso en las mejores familias periodísticas, en las preferidas en las “encuestas”.

Escrito por Leopoldo Lavín Mujica

 

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